El texto que voy a publicar hoy desencaja del tono que suelo usar en este blog, ya que forma parte de un ejercicio de redacción para clase. Entre ésto, y la pereza que da, no lo leerá nadie, pero ahí lo dejo. El tema: ¿cine en casa o en las salas?
Cada vez se oye más eso de: “¡es que la gente ya no va al cine!”. Se suele culpar a la gratuidad del cine ilegal, aquel que, con nuestro habitual cinismo, condenamos y luego usamos mientras nos justificamos con la típica fórmula: “uno sólo no cambia nada”.
¿Porque vamos menos al cine? El motivo principal es el dinero. Entrar a la sala suele costar, si no recuerdo mal, alrededor de 7 € (sin contar las palomitas y demás productos “imprescindibles”). Ver una película en casa resulta gratis o, como mínimo, más barato. Además, en el cine te arriesgas a encontrarte con una manada de odiosos niños llorones, gritones o preguntones que pueden hacerte desear que el dinosaurio de la pantalla que tanto los emociona se los trague a todos. O con el típico al que siempre “se le olvida” apagar el móvil. Lo mismo. En casa te ahorras estas molestias y, a la vez, molestar a los demás. Si necesitas ir al baño, no te pierdes la película: pulsas la pausa del DVD o esperas a la publicidad, si estás viendo la tele. En este último caso, si no necesitas ir al baño, puedes aprovechar para empezar a leer aquel tocho que tienes guardado: tiempo, no te faltará.
A favor del cine podemos argumentar que continuamente nos trae las últimas novedades, ya que “en la caja tonta siempre echan lo mismo”. Aunque con nuestro “queridísimo” top-manta, esto ya lo tenemos resuelto. Lo que, eso sí, no podemos negar, es que la mayor calidad de imagen y sonido siempre la encontramos en el cine. Pero eso... ¿a quién le importa realmente?


















